Quién fue el torero gay y judío de Nueva York que triunfó en España

Sidney Franklin no salía del closet en el contexto de un deporte de machos. Era hijo de uno de los primeros policías judíos de la ciudad. Solía viajar con 20 trajes de lentejuelas.

En las famosas plazas de toros de España, Sidney Franklin era conocido como “El Torero de la Torá”.

Franklin, que murió en 1976 a los 72 años, fue el primer judío norteamericano en llegar al selecto estatus de “matador” en los círculos de toreros de España.

Además era gay.

Su identidad sexual era un secreto a voces entre quienes lo conocían, pero siguió siendo ignorada por el público.

Y aunque su carrera —que se extendió desde los años veinte hasta los cincuenta— transcurrió antes del movimiento por los derechos de los gays, es probable que le hubiera alegrado participar en la marcha del orgullo de este mes, cuando se cumplen 50 años de la rebelión en Stonewall Inn, y que puede ser la más importante hasta ahora.

“Nació demasiado pronto para entrar al movimiento, pero si estuviera vivo hoy, estaría allí en la marcha, liderando la columna”, dijo su sobrina, Dorisann Markowitz, de 78 años.

Era amigo de celebridades como Ernest Hemingway y el actor Douglas Fairbanks, y actuó o participó como asesor en películas de Hollywood, incluyendo la comedia de 1932 The Kid from Spain.

Su identidad sexual se ha vuelto muy conocida a partir del material biográfico publicado en años recientes.

Aunque el mes del orgullo celebra los progresos que las personas LGTB han alcanzado, viviendo sus vidas de manera abiertamente gay, los tabúes sociales durante los días de Franklin hicieron que otros hombres asumieran las vestiduras de una vida heterosexual, llegando incluso a casarse con mujeres, como una pantalla, algo que Franklin no hizo.

Las características masculinas del torero lo ayudaron a enmascarar su sexualidad, incluso permitiéndole ser indulgente con su pasión por lo extravagante y la pompa, dijo Rachel Miller, archivista de Franklin, que trabaja en el Center for Jewish History, en Manhattan.

“Las corridas de toros le ofrecían un escenario en el que podía actuar de manera refinada y estilizada, y al mismo tiempo no salir del closet”, dijo. “Era un lugar en donde su propia idiosincrasia gay era aceptada e invisible. Se ocultaba a la vista de todos, como un hombre gay en un deporte de machos”.

Franklin amaba los tradicionales brillos del vestido de matador.

“Su vestuario para las corridas es más elegante y caro que el de todos los demás matadores”, escribió Lillian Ross en un perfil de Mr. Franklin de 1949 para la revista The New Yorker.

Dicho de otro modo: “Como torero podías ser macho pero en brocados de oro”, dijo Bart Paul, autor de una biografía de Franklin, La espada de doble filo (Double-Edged Sword). A veces, sin embargo, el gusto de Franklin tensaba las convenciones del deporte, como cuando el vestuario rosa que había encargado fue objeto de burlas en la arena, dijo Miller, que fue quien se encargó de catalogar la colección de de Franklin para la American Jewish Historical Society.

Incluso después de retirarse de las corridas de toros, en 1959, Franklin acostumbraba viajar con veinte trajes con lentejuelas bordados a mano en sus valijas, contó Markowitz, añadiendo que su tío sentía una atracción por el estilo teatral propio de las corridas de toros.

“El arte de la capa, el control del cuerpo, era como una danza”, dijo Markowitz. “Era extremadamente agraciado y muy fuerte, como los bailarines, que controlan el centro de su cuerpo”.

Cuando nació en 1903, Franklin fue anotado como Sidney Frumkin. Creció en Park Slope, Brooklyn junto a nueve hermanos, criados por padres judíos ortodoxos nacidos en Rusia.

Se inclinó por las artes visuales, actuando en la escuela, y adoptando el nombre de Franklin para ocultarle la actividad teatral a su padre, un hombre rígido que a fines del siglo XIX se había convertido en uno de los primeros policías judíos en la ciudad de Nueva York, dijo Markowitz.

“Su padre trataba de sacarle lo de artista”, dijo. “Tenía la costumbre de llamarlo ‘Nancy’, como se le decía a una persona gay o rara”.

Así que Franklin abandonó su casa a los 19 años para mudarse a México D.F. donde había una próspera escena artística, cosmopolita, que le ofreció un marco cultural más permisivo, lejos de su padre, explicó Paul.

Allí, Franklin empezó a producir posters publicitarios para corridas de toros; al principio le disgustaba la crueldad con los animales, aunque sentía fascinación por el papel exaltado del matador, en el centro de un espectáculo magnífico y elaborado, dijo Markowitz.

Entre esas dos visiones opuestas, dijo, “su pasión por la pompa y el heroísmo terminó ganando la pulseada”.

Su deseo de convertirse en un torero fue aún más fuerte cuando un local lo provocó, diciendo que los estadounidenses no tenían coraje para ser toreros.

“El espíritu animoso de Brooklyn se apoderó de él”, y empezó a entrenarse seriamente, dijo Ms. Markowitz.

Su debut fue en 1923 en México y fue alzado por el público luego de matar al toro de una manera particularmente impresionante.

La aceptación del público y de los aficionados lo ayudaron a superar las heridas emocionales de su juventud, dijo Marjowitz.

“Amaba cada minuto en que era valorado, porque nunca lo había sido por su padre,” dijo su sobrina. “Cada vez que mataba un toro, psicológicamente estaba matando a su padre”.

También le encantaba la adoración del público, porque decía que “todos los sexos se te tiran encima”, de acuerdo a Paul.

De piel blanca y pelo colorado, a Franklin le gustaba contar historias y estar en el centro de atención. A pesar de toda su gracia en la arena, mantenía su rudo acento de Brooklyn, pero podía pasar fácilmente al idish o a varios dialectos del español, dijo su sobrina.

Hoy en día las corridas de toros han perdido popularidad y están prohibidas en muchos países, en gran parte por la crueldad hacia los toros. Pero en su juventud, cuando Franklin llegó a España en el año 1929 fue devotamente reverenciado como otros importantes matadores.

Fue allí que conoció a Hemingway y se hicieron buenos amigos y compañeros de viaje.

En su aclamado libro de no ficción sobre corridas de toros Muerte en la tarde, Hemingway describe a Franklin como “audaz, con un coraje frío, sereno e inteligente” y como “uno de los más hábiles, agraciados y lentos maestros de las corridas de toros de la actualidad”.

 

Franklin decía que había matado a miles de toros durante su carrera, y que lo habían corneado muchas veces, algo que lo torturó hasta que murió en la pobreza a la edad de 72 años en una residencia de ancianos en Greenwich Village.

Markowitz contó que para algunas personas era raro que antes de entrar a la arena en España, las monjas católicas tuvieran la costumbre de rezar por su tío: un torero gay y judío de Brooklyn.

“La gente decía, ‘pero sos judío’”, dijo Markowitz. “Y él respondía, ‘sí, pero los toros son católicos’”.

Por Corey Kilgannon – The New York Times.-

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