Revisitar a Alén Lascano

Por: Silvia Piccoli – Profesora en Historia

A ciertos libros, como a determinados lugares, uno vuelve siempre. O, mejor, nunca se va. Son libros y lugares que prometen en cada visita la aventura de un descubrimiento, de un detalle que ilumina, de una perspectiva que esclarece. Como un remanso sombreado y fresco, ofrecen el aire y el estímulo para continuar el viaje, sea éste intelectual o de placer.

Así me ocurre con los textos de Luis Alén Lascano. Particularmente con dos, que frecuento desde hace ya tres décadas desde distintas inquietudes: a veces por la búsqueda de un dato; otras, por las necesidades de la cátedra; y no pocas por el simple gusto de su prosa prolija, enjundiosa, florida.

Esos libros son su Historia de Santiago del Estero y Juan Felipe Ibarra y el federalismo del Norte, ambos clásicos para los que estudiamos nuestra historia y referencias ineludibles no solamente de la historiografía local sino de cualquier investigación sobre el pasado regional y nacional que mire hacia el corazón de lo que llamamos territorio argentino.

La Historia de Santiago del Estero fue editada en 1992 por la editorial Plus Ultra como el volumen 14 de su colección Historia de Nuestras Provincias. Era el año de una conmemoración polémica que dividía a los historiadores –una vez más- a raíz de los cinco siglos de la llegada de los europeos al Continente Americano. Menudo desafío, que implicaba plantarse con objetividad científica para brindar una interpretación de procesos de larga duración y de enorme complejidad en una historia general, que no deja fuera ningún aspecto y que se ajusta con coherencia y rigor a fuentes y a antecedentes pero también, a valores y a convicciones personales. Esta obra ocupa un lugar central en mi biblioteca santiagueña y regional, y pocas experiencias de lectura me complacen tanto como encontrar la referencia a ella en textos de historiadores y escritores de otros lugares.

Juan Felipe Ibarra y el federalismo del Norte me resulta particularmente valioso por los mismos motivos, pero también porque considero que es una de esas obras que abrieron caminos para la escritura de las historias locales con proyección regional, “despegadas” de la historia centrada en el puerto concebida como “historia nacional”. El lugar protagónico del caudillo santiagueño como articulador de un anhelo “mediterráneo” es planteado aquí tempranamente (el libro fue publicado por Peña Lillo en 1968) desde una perspectiva problematizadora y no desde la simple narración de hechos, articulando relaciones que desbordan los límites de lo local y apoyándose –como siempre- en un trabajo de archivo intenso y profundo. En este sentido, la revisión de la historia santiagueña de la primera mitad del siglo XIX, especialmente del proceso autonómico, va asociada a la reconsideración del perfil humano de Juan Felipe Ibarra y su rol social, pero no desde la tradicional dicotomía “héroe o tirano” sino desde el concepto de actor social de un tiempo y un espacio históricamente definidos.

Estos dos libros son recomendaciones esenciales e ineludibles para mis estudiantes del profesorado de Historia. Que ellos los consulten y frecuenten es, además, un motivo que aprovecho para reincidir en su lectura, en la reinterpretación de algunos fragmentos; para sumergirme en las inagotables referencias bibliográficas y documentales que escrupulosamente su autor consigna al final de cada capítulo; para beneficiarme de sus útiles y atinadas propuestas de organización de la información en cronologías y secuencias de gobiernos, en citas de fuentes y de repositorios…

Vuelvo a Alén Lascano siempre. Y como él fue abundante y generoso en el cumplimiento de su oficio, lo que nos ha legado es inagotable, afortunadamente.

Sólo me queda un deseo, que hasta podría ser un reclamo: que estas dos obras fueran reeditadas y puestas al alcance de todos los santiagueños, de los estudiantes de Historia, de los profesores noveles, de las bibliotecas escolares, universitarias y populares…

Y que con más frecuencia nos ocupemos del trabajo silencioso de los que dedicaron su vida a explorar los laberintos de nuestro pasado para desentrañarnos y explicarnos, para hacer que nos miremos a nosotros mismos preguntando atentamente a nuestra historia, como hizo Alén Lascano con tan exquisito oficio, con tanta pasión.

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